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miércoles, 22 de agosto de 2012

Antonio Fernández López





EN MEMORIA DE AMADOR.-



     Ahora que ya no estás definitivamente - Amador -, ahora que ya has salido de este mundo para siempre por esa familiar, para tí, puerta de atrás, la misma - por cierto - por la que habías entrado, ahora que ya has regresado de nuevo al polvo - Amador -, del que apenas habías logrado levantarte durante el tiempo que permaneciste vivo, mira por donde, precisamente ahora, algo de tí se me agarrota aquí dentro, como un repentino estrujón en pleno pecho y en las manos y en cada uno de los músculos del cuerpo y en la mente, sobre todo en la zona más oscura de los recuerdos, una fuerte conmoción, un incendio generalizado, una profunda inquietud relacionada con tu persona, que inmediatamente se ha transformado en mandato y que me ha sentado casi a la fuerza en esta mesa y me ha ordenado que me ocupe de tí, que te reviva de algún modo, que te saque a la luz - ¿pero a qué luz?, ¿y qué es la luz con relación a tí, a fin de cuentas?, me interrogo desconcertado e impotente -, que organice un catafalco de palabras sobre tí, a propósito de tí - ¿para tí?, ¿para mí?, ¿para quién? y ¿por qué? - , que de alguna manera defienda tu figura, tu imagen, la lección de tu vida, - ¿ pero quién te acusa?, ¿cuál es tu mal?, ¿a quién has ofendido? -, que no permita así, sin más, que el peso plúmbeo del olvido se cebe implacable sobre tu memoria, del mismo modo que se ha cebado y ha puesto ya sus huevos pardos sobre tu cuerpo, cuando apenas te has ido - ¿pero de dónde saco autoridad, con qué argumento me arrogo el derecho de subvertir el tiempo y le intento insuflar alguna forma de vida a tu persona, que ya está muerta de muerte natural?, ¿cuál será el precio que deberé pagar por hacer uso de tí para transformarte en palabras que te revivan y que te plasmen, aunque sólo sea como un cartel inmóvil, en un tiempo que ya no te pertenece, si tú te has muerto y mi osadía se atreve a impedir que descanses en paz?. ¿Es que acaso intento fundamentar mi vida en tu recuerdo?. ¿Es que soy yo el que se niega a morir, en la medida en que contigo tendría que morir irremisiblemente una parte de mí?. ¡Cuánto misterio, cuánta duda y cuánto compromiso por el hecho aparentemente inofensivo y liviano de estar dispuesto a obedecer este mandato y de aceptar - a la fuerza ahorcan -, compartir contigo un pequeño espacio de tiempo suplementario, un apéndice añadido, algo que pueda verse en la distancia brotando de tu lápida - un punto apenas -, después de tántos años durante los que ambos nos hemos ignorado por completo y nuestras vidas han rodado por mundos tan dispares!.

     Como el mandato que siento empuja con más fuerza que la duda y que el miedo, aquí me tienes, sentado como un clavo y sacando verbo de lo que sólo es aire, sumiso y humillado, dispuesto a obedecer este lado oscuro de mí mismo que hoy, en la distancia, me enfrenta irremisiblemente contigo y me pone de tu lado. Con la curiosidad temerosa de un niño que se enfrenta a un objeto que no conoce, me acerco receloso a tu recuerdo. Camino con sigilo, de puntillas, intentando tímidamente no ser oído por tu memoria, casi como un ladrón que pretende apropiarse de algo que considera dudosamente suyo. Para diluir mis altas dosis de recelo doy vueltas y más vueltas alrededor de tu figura, hoy yacente. La siento sólida, entera, firme, clavada como un mástil en mitad de mi vida, con unas dimensiones perfectamente delimitadas ya, que nadie puede modificar porque ha terminado su ciclo de influencia, tanto en mi persona como en este mundo. ¿Es exactamente miedo lo que siento de entrar a saco en tu imagen para extraer palabras de donde apenas en su momento las hubo, porque mi relación contigo se concentró sólo en sudor y poco más? ¿Es impotencia de comprender que son sólo palabras, a fin de cuentas, lo que yo puedo ofrecer de tí y eso no me resulta suficiente?. Percibo que a cada vuelta que doy me acerco un poco más a tu fantasma, que estoy rozando tu presencia por momentos, que el frío de la distancia se desplaza, que se aleja lentamente y que a la vez se aproxima a mi cuerpo una tibieza ascendente, que estoy seguro que todavía te pertenece, y va tomando poco a poco posesión de cada poro de mi piel. Pero necesito un esfuerzo suplementario, un pequeño empujón con los ojos cerrados para superar los últimos resabios de la duda, que me permita enfrentarme definitivamente contigo en este momento en que tú ya no estás y yo te pienso. Cierro los ojos y tomo impulso con todas mis fuerzas para saltar sobre el vacío, con la esperanza de trasponer esa distancia negra que nos separa.

     - ¡Adentro! - me digo en pleno estado de ignorancia mientras vuelo suspendido en el aire negro de la noche.

     En el momento de tocar tierra nuevamente me doy cuenta que he crecido. Ahora me encuentro dentro de tí, Amador. Tengo la certeza de que eres mío por completo, al menos mientras me dure este estado de gracia desde el que puedo contemplarte de cuerpo entero a través de la distancia y tú, desde la muerte que llevas ya inoculada y asumida, aparezcas delante de mis ojos sin el más mínimo pudor, dispuesto a servirme como espejo. No quiero escudriñar tu infancia que, según las informaciones interesadas que he logrado obtener, se encuentra envuelta en hambre en miseria y en abandono, sin duda derivadas de una implacable postguerra, aunque seguramente no sólo. Tu destino, en ese sentido, aparece ligado estrechamente al de toda una generación de perdedores de aquella conflagración fratricida que ya ha gozado, y aun hoy goza, de mejor recuento, glosa y testimonio que el que puede aportar aquí mi humilde persona. Desisto, por tanto, intencionadamente, de introducirme en el terreno de esa leyenda común de la que formas parte como un niño más, porque no quiero que desde el polvo que ya has empezado a ser, quizá volando alrededor de mí alguna mota tuya, te pueda llegar un mensaje torcido sobre el uso irresponsable o pretencioso que hago de tu recuerdo. Me quiero ceñir a los más estrictos datos de la historia que nos une. Además, que me consta positivamente que las historias se cuentan de muchas maneras y que todas confunden las realidades que pretenden sacar a la luz, siempre imposibles para la memoria, con los deseos o los intereses de quienes las cuentan. Aunque sé que no voy a ser menos, me someto a esa suerte de desviación interesada sin ninguna rebeldía, responsabilizando de ello a lo que son estrictamente limitaciones personales en el recuento de cuanto digo, pero ni a un centímetro más.

     El telón de mi memoria se abre macilento en Jun y refleja con meridiana claridad otro tiempo -¡vaya si era otro tiempo!-. Del caos de figuras que se apiñan al fondo de lo que viene a ser un escenario, surge con fuerza tu torso amplio, musculoso y huesudo, como de bronce color carne, ascendiendo explendoroso una y mil veces de aquellas charcas rebosantes de barro, contrastando a todas luces con el esmirriado y esquelético del cínico Macando, tu compañero inseparable, que parecía que se iba a quedar clavado en cualquier momento mientras subía la maldita cuesta con el carrillo hasta los topes y que sin embargo todavía colea por las Canteras cuando tú ya te has ido. En otro plano simultaneo apareces de nuevo junto a la estampa hierática y de rostro caballuno, como si de una figura de cera se tratara, de Manolón, con su eterno cigarro incrustado entre los labios, y aquí se mezcla tu abierta risa con el jocoso y repetido intento común, siempre fallido, de sorprenderle la más leve señal de sudor en su frente, por más que lo intentábamos. Ya come malvas, Manolón, hace años, recuperado para la tierra por mor de un viaje cualquiera, dando bandazos sobre los lomos de su Derby Chica, con sabe Dios cuántos litros de vino en el cuerpo, que seguro que ni enterarse pudo del importante paso que estaba dando mientras rodaba hasta la cuneta en el momento del sorpresivo encontronazo con el coche de su pariente. En la parte superior de la imagen, por encima de tí pero contigo siempre en primer plano, se yergue la figura morena, más espléndida incluso que la tuya, del Güele, con sus flamantes veinticuatro años recién cumplidos, que no podía vivir ni un instante - ¿recuerdas? - si no nos los estaba restregando continuamente por las narices - como si él fuera el dueño absoluto de aquella edad, como le decíamos -, quien, aparte de ofrecernos interminables retahílas de palabras sobre cualquier asunto posible, del que con toda seguridad se consideraba un experto, lo único que nos dejaba traslucir por debajo de sus huecos discursos, eran sus admirables dotes de escaqueo para el trabajo. Mucho tiempo después, junto con su hermano Fali, terminó por cambiar nuestro simplísimo uniforme de calzón corto, alpargatas de cáñamo ajustadas y sombrero, por aquel otro, ciertamente más  vistoso y, sobre todo, más cómodo, de guardador del orden -no sé qué orden -, que le permitió - eso sí, ¡al fin! - desaparecer para siempre de aquellos secarrales y de aquellas interminables exposiciones diarias a todo tipo de vientos y a los tórridos soles de aquellos larguísimos veranos, que era, sin duda, lo que él ansiaba con desesperación. Ni siquiera le sirvió para reconsiderar su huida la consoladora aparición de aquella primitiva grúa, ya a última hora, que, ¡hay que reconocerlo!, vino a facilitar en gran medida el endemoniado ajetreo de sube y baja con los carrillos, charca arriba, charca abajo. Siempre difuminado pero nunca ausente, justo detrás de tí, resguardado en tu sombra o quizás alimentándose de tu sombra misma, surge también como de la niebla la huidiza presencia de Pepeluis, tan empeñado en no mirarnos a los ojos ni una sola vez siquiera, eterno jefe de aquella cuadrilla de deslomados de la que tanto tú como yo formamos parte, más pendiente de su pequeña industria de carbón y cenizas para las calefacciones, en la que verdaderamente tenía puesto su corazón, que del trabajo que llevaba entre manos y con el que se ganaba la vida junto a nosotros. Reservado por expreso deseo de los patronos para el puesto de responsabilidad dentro del grupo y encargado por ellos de rendir cuentas cada día, nuestras cuentas, precisamente él, que jamás supo leer ni escribir y bien que se jactaba de no necesitarlo. Todavía veo por las calles un pequeño y sucio camión con su mismo apellido de Torices dibujado en las puertas delanteras, que sigue cargando y descargando, como entonces, los ingredientes mugrientos para fabricar calor o que recoge y deriva su escoria hacia otros menesteres y a un muchacho, que parece su viva fotocopia en joven, entrar y salir del vehículo, lo que indica, sin duda, que el negocio ha prosperado con los años y ha permitido que se incorpore a él la nueva generación de los Torices, supongo que con el mismo nivel de dedicación y de conocimientos que la anterior pero, evidentemente, con otros medios materiales algo más modernos. ¡Está claro, una vez más, que el negocio de la escoria es lo que nunca se acaba en el mundo y que siempre tiene futuro cualquier servicio que, de una manera o de otra, se relacione con ella!.

     Nadie, ninguno de los miembros de aquel grupo de malditos como se nos conocía, ni siquiera yo mismo con mis incipientes quince años, que por expreso deseo me escondo ahora tras estas líneas y prefiero no dar la cara para no tener que entrar en arriesgadas manifestaciones que me llevarían a comprometerme más de lo que estoy dispuesto, contaba con aquella limpia estampa de inocencia de la que a tí te dotó, como a nadie, la Vida. Todos lo reconocían sin ninguna reserva. Yo, además, fui testigo privilegiado de toda la amplitud de su desarrollo, porque no sólo compartí contigo un puesto en aquella exposición permanente al amplio y siempre maldito cielo del tejar, sino porque, además, como sabes de sobra, la cercanía de nuestras viviendas respectivas permitía que tu comportamiento me fuera especialmente transparente en cualquier momento. De aquel largo verano que compartí contigo extraigo ahora todo lo que tenía tanto tiempo almacenado, para ofrecer en forma de palabras - no tengo otra manera -, lo que conserva mi memoria, quizá no por afán de hacerte perdurar más allá de tu vida sino, simplemente, por rebelarme en alguna medida contra tu muerte, a fin de cuentas también la mía propia, al menos en la porción de tiempo que compartí contigo. Tampoco quiero entrar en detalles, ni buenos ni malos, sobre tu modo de proceder fuera del trabajo. Primero, porque ¡quién soy yo para convertirme en juez de nadie y menos de tí a quien sinceramente quise y está claro que aun hoy sigo queriendo!, y segundo, porque muchas de las costumbres de las que tú participabas, a partir de las cinco de la tarde, hora bendita en la que todos nuestros calvarios daban remate hasta las lejanas seis de la mañana del día siguiente, no eran más que rutina en estado puro, sin otro interés añadido por mínimo que fuera, la misma atroz y destructora rutina que nos asolaba la vida durante la inagotable jornada laboral. Sólo tiene sentido para mí dar cuenta de que, en medio de un punto y de otro, se interponía, como una bocanada de aire fresco, nuestro viaje de vuelta al hogar, de no menos de media hora de duración, vuestra habitual visita al Bar de los Muertos antes de concluirlo- ¡mira por dónde hoy todo va de muertos! -, en donde sistemáticamente sentíais la obligación de agotar la media cuartilla de blanco, de primera calidad ¡eso sí!, según afirmaba y porfiaba su dueño El Venezolano, que venía a convertirse en el único signo visible de libertad y proyección ciudadana que ejercíais por decisión propia. Los niños no entendíamos, según vosotros, de aquellas maravillosas evasiones. Sólo nos era dado uncirnos sin rechistar a la noria del tejar que nos hacía girar a todos y descifrar cada día, paso a paso, el fatídico mensaje que llevaba escrito con sangre y fuego en sus engranajes: dormir y trabajar como animales, fabricar pellas y pellas de barro que, una vez soleadas y endurecidas hasta su punto exacto, habíamos de transportar en las vagonetas hasta las mismas fauces de la máquina, que las terminaban engullendo con implacable voracidad y las transformaba definitivamente en tejas o ladrillos.

     Mi anhelo desesperado durante cada uno de los instantes que configuraron aquellos días, lo recuerdo con dolorosa lucidez, no fue otro que el de: Y yo me iré..., mientras esperaba fervorosamente la providencial llegada de Octubre y, con ella, mi vuelta al colegio. Ya entonces sabía perfectamente que ningún pájaro se quedaría cantando con vosotros ni para vosotros y que serían sólo las miles de chicharras, con sus estridentes gritos enloquecedores, quienes, antes de reventar, seguirían inoculando al unísono en vuestras mentes su parte alícuota de adormecedora desesperación, para que vuestra resistencia no llegara a ofrecer en ningún momento las cotas de rebeldía indispensables que pudieran poner en peligro aquel estado de cosas en el que moríamos. Y llegó el momento, Octubre tantas veces soñado, mi momento, y yo me fui para siempre de tí, de vosotros, de aquella angustia viva. Es cierto que después vinieron otras angustias, porque la vida está llena de ellas y las tiene de todos los tamaños, pero nunca he podido añorar aquel verano, si bien su extremada crueldad se mantiene indeleble en mi recuerdo, como un ascua, y estoy seguro que sólo morirá cuando yo muera. Como sé que hoy puedo hablar contigo con toda tranquilidad, porque estoy seguro que no puedes escucharme, tengo que decir, no sé si a tí pero estoy seguro de deberlo a alguien y prefiero pensar que se te parece, cuántas miles de veces he revivido la angustia de sentirme otra vez en medio de aquel cenagal, en el que tú sí permaneciste por muchos años sin ningún punto en el horizonte que pudiera ofrecerte una salida, por incipiente que fuera. En realidad, cada vez que me he sentido completamente desesperado e impotente, que han sido muchas veces. Pero siempre me ha quedado el profundo consuelo de saber que no era cierto y que todo se reducía, simplemente, a un mal momento. En este punto quisiera disponer de la inconsciencia o de la crueldad suficiente para señalarte con el dedo y declararte culpable de haber permanecido tantos años en aquel infamante estado, pero sé que lo más noble de mí mismo me abofetearía en ese mismo instante y desisto por ello. La juventud se te voló en dos días, y cuando tus huesos se negaron a soportar tanta ignominia, no te ofrecieron en la empresa otra salida que cambiar aquel arrastramiento degradante por otras variables algo más acordes con tus nuevas capacidades, siempre soportadas sumisamente por tus brazos y cada vez más lejanas de aquel cénit en el que yo te tengo colocado como una estatua, hasta alcanzar, incluso, a que tu participación en la tarea común de construir el mundo llegara a ser interpretada claramente como una especie de limosna que bondadosamente se te otorgaba en vez de abandonarte directamente en plena calle como un juguete inservible y viejo. Seguro que con tanto canto de chicharra en tu cabeza, en aquellos años finales tú ya ni llegaste a oir las manifestaciones de desprecio que te dedicaban, envuelto como tendrías el pensamiento, para entonces, en la adormecedora maraña de los humores etílicos, empequeñecido el cuerpo por la acumulación de esfuerzos excesivos y por los años y transformado en arrugas tu ingenuo rostro barbilampiño, sin otra dimensión intelectual en el horizonte que la de llegar al término de la semana, coger los haberes que unos u otros consideraran correspondientes para tí, ofrecer a la Lali su parte para el mantenimiento de la casa y de los hijos - tuyos también aunque muchas veces no acertaras ni a pronunciar correctamente sus nombres y a que alguno se le apreciara a simple vista la viva estampa del vecino de enfrente -, manteniendo en el bolsillo una mínima parte del beneficio de tu trabajo, suficiente para continuar el proceso sostenido de degradación que te permitiera cuanto antes reencontrar la tierra, el polvo, tu compañero inseparable, al fin, sin mayor sobresalto, como si se tratara de un encuentro entre viejos conocidos, de familiares incluso, que han vivido alejados unos años por un traslado coyuntural, pero que nuevamente se vuelven a ver y entonces se reconocen y se saludan afectuosamente, porque saben que provienen de la misma sangre y que los unen fuertes lazos comunes, aunque la distancia los haya mantenido artificiosamente separados durante un tiempo.

     Amador, Amadorcico como has sido reconocido por todos hasta el último momento, como todavía lo eres en lo poco que queda de tu recuerdo, descansa por fin a ras de tierra, confúndete con la tierra, tierra tú mismo al fin, polvo, casi nada y, sin embargo, ¡hoy lo sé con más claridad que nunca!, al mismo tiempo, soporte de todo cuanto existe. Mi recuerdo necesita que mueras definitivamente porque también con tu muerte yo descanso. De ahí mi empeño en sacar a la luz tus hazañas para deshacerme de ellas y de tí. Pero tú eres más fuerte que el olvido y te niegas. Ahora que ya no estás decides mantenerte y obligar a mi memoria a que te mantenga presente. No sé con qué fundamento ni por qué extrañas razones, pero tan grande como es el mundo, por allí donde paso no tengo más remedio que verte. Eso sí, de nuevo muriendo en cualquier otro lugar y de cualquier otra manera, pero presente siempre. Tan pronto tienes la tez amarilla y los ojos achinados y andas arrastrándote detrás de un arado milenario y al momento siguiente, como por arte de magia, se te ha oscurecido la piel y apareces en un inmenso campo de altísimas cañas de azúcar, machete en ristre, cortando tallo a tallo en la zafra sofocante mientras el polvo negro de las hojas chamuscadas por el fuego va tomando posesión de tus pulmones o, sin solución de continuidad, te disuelves y surges de nuevo a miles de kilómetros, dentro de un mugriento ascensor que desciende a las negras galerías de cualquier mina, para dejarte la vida en la más completa oscuridad. Incluso, si me apuras, hasta he llegado a identificarte, con tu característico gesto incomprensible, entrando y saliendo de cualquier boca de metro en la primera gran ciudad que se me ha metido por los ojos. Y es que, Amador, ahora estoy seguro, ¡eres tantos a la vez siendo tan poco!. Lo mismo estás en Ruanda muriendo de un machetazo al borde de cualquier camino que no lleva a ninguna parte que, sin venir a cuento, se te ve abatido en cualquier ciudad de Bosnia, sin que hayas tenido tiempo de averiguar si verdaderamente eres serbio, o musulmán o croata o la madre que los parió a todos. Este humilde cronista de tu ausencia, en llegando a este punto se declara impotente por completo para abarcarte y no encuentra otro recurso para justificar su esfuerzo por cumplir con su papel de palabrero, que el de venerar tu anónima memoria con su propio silencio y con su propio recogimiento, en la seguridad de que la única verdad en la que está dispuesto a creer es en la de que estás vivo en el mundo entero, que te has instalado en todos los países y que has llenado como nadie todas las épocas de la Historia y que por más que yo lo intente, que lo intento de veras cada vez que me siento cobarde, nunca podré ignorarte. Que la inocencia simple de tu figura, multirracial y multicolor al mismo tiempo, es la mejor garantía para la Vida y la más sólida justificación con que cuenta el género humano, la única razón, a fin de cuentas, por la que mantengo en suspenso sine die la permanente tentación de avergonzarme de sentirme vivo.       


SAN MOLONDRÓN


Abrir la puerta, toparse directamente con el campo, mirar la hierba verde y soñar que vemos paisajes de falsa virginidad y de pureza falsa, es un hecho tan equívoco como tirar piedras contra tu propio tejado. Es posible que encuentres en el horizonte un espejo con dignidad suficiente para mirarte sin miedo. A través de la imagen que el espacio abierto te devuelve puedes darte cuenta que, segura y absurdamente, tu cabeza se parece a un melonar de tanto impacto, encontrado por doquier, sin que hayas hecho nada para merecerlo. No quisiera entorpecer tus meditaciones. Comprendo lo importante que puede ser  para cualquiera, sobre todo a estas horas del día, tirarse al pecho el esfuerzo escrutador de la búsqueda de sí mismo. Pero, al mismo tiempo, es indispensable encontrar un vacío espiritual que te encamine al reposo absoluto y a la certeza de la jilipollez tan grande que significa la presencia de cualquiera dentro de este perro mundo, se llame Molondrón  o Cristo bendito, para, encima, perder el tiempo pregonando con la mayor desvergüenza que si has amado mucho, que si sufres por cada candelabro que se apaga o que te sientas culpable con y por todo, por más que se te intente demostrar que es por causa indeterminada.

Una vez superada la modorra, abrí los ojos como platos, obedeciendo las instrucciones que había leído el día antes sobre el comportamiento de las hormigas y me propuse cumplir con la promesa que me había impuesto en el momento de su lectura. Quería protagonizar un papel hegemónico en el concierto de esa tarde,  frente a cada uno de los seres vivos que no alcanzaban la cota catorce. Mi estado de ánimo se obstinaba en ablandarse con los suspiros pequeños, ínfimos, microscópicos, de estos seres tan lejanos. Por otra parte, eran los únicos capaces de mandar fuerza a determinadas profundidades del espíritu, con lo que daban al traste con el verdadero sentido de los impulsos iniciales.     
Ni Molondrón, ni San Molondrón bendito, deberían haber sido capaces de combinar tanto colorido acumulado como aparecía delante de mis narices. Entendía que no era bueno, en aquellas circunstancias, forzar los intrumentos musicales, ni maderas, ni vientos, ni percusiones, ni teclados, ante el peligro, más que probable, de que el conjunto pudiera dar un giro copernicano y se volviera en mi contra. Lograrían entonces hacer de mi cabeza un melonar, semejante al de aquel desdichado que fue capaz de tirar piedras contra su propio tejado sin advertir las consecuencias. Aquel desgraciado se encontró sólo y desarmado en el momento de la bajada en tromba del material que había logrado elevar, con el concurso de su fuerte brazo y de su constancia hasta el dominio de los jaramagos, de las latas de conserva, que un día salieron volando por la ventana de la del quinto, y de un manojo de pelos, producto de una sacudida acariciadora - más violenta de lo conveniente-  del peine de su hija, conjuntados en forma de amasijo, con broche final de movimiento de los ágiles dedos de la mano derecha de la madre, en dirección a la calle. No quiero decir que sean inseparables las piedras que se tiran contra el propio tejado con el caso del escupitajo que salía de una boca directamente hacia arriba, sin destino previsto. En este segundo supuesto sí nos encontramos con todas las posibilidades de que te cayera encima. Pero en el caso del que tiraba las piedras contra el propio tejado, por el contrario, el porcentaje de posibilidades de que alcanzaran en su caída el melón de tu cabeza era sólo proporcional a tu grado de estupidez para la previsión o a tu falta de reflejos para esquivar lo que estás viendo que se te viene encima y no sé que esperas para eludirlo. Pues bien, una vez que hemos sido capaces de establecer las diferencias, podemos concluir afirmando que el resultado de los melonares instalados en cabezas, al poco rato de las tiradas de piedras, tiene su origen en deficiencias estrictamente funcionales. En ambos casos estábamos tratando con personas o comportamientos estúpidos y hasta masoquistas, lo que, inevitablemente, nos ha remitido a la aparición insólita en escena de una olla de agua hirviendo, un recurso útil como sucedáneo de la cabeza de que hablamos. Gracias a que el caldo de la olla se encuentra con un hueso blanco, se consigue que el preciado líquido tenga algún sabor en el momento del  derrame. De no estar presente el detalle del hueso, ni siquiera eso se podría desprender del tremendo fiasco que ya supone de por sí haber introducido esta secuencia.

A Molondrón, antes de que la santificación llegara a empaparle, se le comunicaba la hora de las reuniones como a cada vecino. Se le introducía por debajo de la puerta una cuartilla de papel reciclado en el que se reflejaba el orden del día, con la misma anticipación que a cualquiera, pero él no salía ni por éstas de su encierro. A juicio de los malpensados, buscaba méritos suplementarios promoviendo un plan de paz para la antigua Yugoslavia, que tendría como objeto eliminar el asunto estrella de todos los noticiarios de las tres y, como consecuencia, grandes perjuicios económicos para cualquier empresa, de las muchas que los innumerables canales en activo habían establecido. Cabe pensar, que el pobre Molondrón no fuera tan pobre como parecía ni que sus acciones se encontraran tan exentas de segundas intenciones como él mismo se empeñaba en demostrar -también es cierto que nunca hubo la menor prueba de su malicioso empeño, más bien al contrario, que su inocencia y su candidez aparente eran fiel reflejo de su inmaculado mundo interior-.

Lo de meter los tiros y los muertos en la sopa de cada día no debería mezclarse, en todo caso, con las intenciones más profundas de Molondrón, cuyo gozoso resultado final ya podemos adelantar y darle carta de naturaleza, una vez que la santidad le ha sido admitida.

Por deseo del más caprichoso de los arbitrios, mientras llega la hora de la plenitud de los acontecimientos, podemos sentirnos liberados de cualquier compromiso y negarnos a encontrar razones suficientes para que fluya como un río la maledicencia en lo tocante a su persona. Podemos intentar, por ejemplo, salir de abril e introducirnos en pleno Julio, sudorosos y con la lengua fuera. Mezclar en el mismo plato, no ya toda la podredumbre de la antigua Yugoslavia, sino también el novísimo entramado de Ruanda -mapa en ristre a ver dónde se hospeda-, con ese aluvión de negros deambulando de aquí para allá por caminos que parecen no llevar a ninguna parte. Ese cúmulo de muertos pacíficos y decadentes amontonados en las cunetas, pidiendo perdón sin saber a quién, como si estuvieran cometiendo una falta de educación con morirse de ese modo tan directo, tan descarado. Tal vez hubiera convenido ponerlos de lado para que la cara saliera completa y con su expresión natural en el objetivo del reportero. Es que los muertos de Ruanda parece que no comprenden nada. Cómo es posible que no les entre en la mollera que las comidas del mundo rico necesiten con tanta urgencia de sus muertes en directo, sin otro fin que el de facilitar la digestión. Que los estómagos agradecidos del primer mundo sean incapaces de saborear el alimento sin su desolación como aditamento, como si se tratara de sal de frutas.

-¿Todavía respira ese de la izquierda?
-No, éste ya está muerto definitivamente y no pía.
-¡Vaya, pues ya no me sirve para la entradilla!. Oye, ¿por qué no intentas levantarle la pierna a ver si suelta  un último suspiro?. ¡De último suspiro negro no tengo copia!. ¡Lo que me queda es todo blanco de hace meses y no sería creíble en medio de tanta oscuridad!.
-¡Es inútil!. ¡Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible!. ¿No lo comprendes?.
-¡Pues vaya panorama!. Bueno, vamos a buscar a otro antes de las tres, que tengo que conectar sin más remedio.

Lanzaba San Molondrón su voz al viento por pueblos y ciudades, por campos y desiertos, por espacios minerales y por zumos de naranja naturales -todos en brik, naturalmente- ,con el fin de ser oído hasta por las piedras y de que penetrara en las masas su mensaje de desolación. Quería mover las conciencias y hacer de ellas estropajos de aluminio, suficientemente duros y clarividentes, como para limpiar toda la muerte y la miseria repartidas por el mundo, de una sola pasada. Sabía San Molondrón que el propio término REPARTIDA no era más que una mentira piadosa, pero estaba dispuesto a saltarse su generosa intención y la disciplina interna de su discurso, porque el beneficio que esperaba obtener de la inexactitud expositiva podría verse compensado con creces, si lograba hacer acopio de arrepentidos de un sitio y de otro.

-"El sonido de las palabras -pensaba- es capaz de penetrar por cualquier vericueto e instalarse en los puntos neurálgicos del arrepentimiento, que importa más que la decencia misma".

Con este objetivo impregnando las partes inferiores de aquel mar de machetes o las puntas de cada uno de los misiles de carga hueca, según los casos, no le cabía duda sobre el resultado satisfactorio del agotador empeño.

-“El testimonio directo es lo que importa y la universalización del testimonio directo más todavía que el propio testimonio directo en sí. ¡Para que luego digan que no voy directo al grano!" -se decía con regocijo, regocijado por su clarividencia expositiva.

Era capaz San Molondrón de modificar en esencia la magnitud de la súplica con tal de abarcar todo el ámbito de las ondas y lograr que los traviesos bichitos capaces de fabricar imagen para un momento especialmente concurrido de audiencia, se vieran premiados con algunos cadáveres de refuerzo que echarse a la boca. Cualquier cosa, ¡todo !, antes que dejar flotando en los telespectadores el beneficio de la duda que, como es tan frágil siempre, le basta y le sobra la menor indecisión en el mensaje para que vuele directa hasta la cima del tejado y la tengamos que mirar con catalejo si queremos percibirla, a sabiendas de que unos momentos después la veremos regresar hasta nosotros, convertida ya en certeza, mezclada con las piedras que han de caer sobre la cabeza de todo aquel que haya tirado piedras sobre su propio tejado, tanto si se encontraba al corriente del pago de costas, como si se coló de rondón y ahora pretende pertenecer a otra historia volviendo la cara y diciendo que él no ha sido y que Ruanda o Yugoslavia están demasiado lejos, que de no ser así...

¡Cualquier santo sufre mucho, a qué nos vamos a engañar!. No se puede explicar que San Molondrón hubiera accedido a la santidad si no se hubiera dejado en el camino todo un sin fin de suspiros lacrimosos, sembrados desde el florido abril hasta el otoño mustio, con el mérito adicional, que a la postre resultó determinante en su proceso de canonización, de no haber exhalado una sola queja por sus desgracias propias, que también las tenía. Hubiera bastado algún testigo capaz de ofrecer un sólo dato fehaciente de la más mínima imperfección en el sufrimiento molondrónico, para que toda su santidad se hubiera ido a freír espárragos. Pero, en el momento del juicio, por más que el ujier levantó su voz interminables veces, con solemnidad y con actitud desafiante, ante la multitud que llenaba la sala de los olores -pidiendo con apremio ¡más madera! y pruebas en contrario-, no hubo nadie que entorpeciera el buen funcionamiento del acto, que gozó de gran brillantez y tuvo el final que merecía. Era de esperar que Molondrón, que había entrado en la sala tan jilipollas como el que más, gracias a las multitudinarias y minuciosas deliberaciones, a las pruebas irrefutables surgidas de aquí y de allá como hongos y a las conclusiones del implacable fiscal, cuyos brazos fueron lo único que pudo verse desde cierta distancia y lo que en general quedó como imagen, después de todas las horas habidas y por haber y después de un buen montón de muertos fabricados in situ -producto de los mismos apretones- que fueron piadosamente extraídos de la sala para no empañar el buen nombre ni la higiene del acontecimiento, lo que había llegado como basura maloliente y putrefacta, pudiera salir con la cabeza bien alta, luciendo su impoluta santidad, de la que, a partir de entonces, continuó dando muestras más que sobradas. No sé qué pasa, pero las repetidas veces en la vida, que cualquiera haya podido ser testigo de canonizaciones, sobre todo como la de San Molondrón, con aquel carácter popular y multitudinario, habrá observado que, una vez obtenida la orla beatífica, a los interesados parece como si se les hubiera colocado adicionalmente un impermeable invisible alrededor de sus humanidades, que los hace inmunes en adelante a cualquier tentación de este mundo. Y no es que San Molondrón a partir de ese día se encontrara en ningún paraíso, no, nada más lejos de la realidad. Es más, hay que dar fe de que las dificultades para él se fueron acrecentando a partir del día de marras. El mundo no se había convertido por arte de magia en otra cosa que la que ya era antes de su canonización -¡qué más hubiéramos querido todos!- pero el nivel de responsabilidad y dedicación que desplegó San Molondrón en su apostolado, ese sí que experimentó un salto cualitativo desde el momento mismo que volvió a pisar la calle, ya santo. Cualquier pata de oveja rota que apareciera entre las jaras, la simple posibilidad de que malpariera la mujer del boticario o, los mismos malos pensamientos acumulados debajo del delantal de Anita, la del estanco, a todo tenía que acudir San Molondrón y a tiempo. La seguridad de su contacto, de su consejo, de su conciencia crítica impecable, de su maravillosa voz de barítono, de su muerte y resurrección en Cristo nuestro señor, eran, según opinión generalizada, medicinas válidas para lograr la satisfacción y remisión de cualquier culpa. Con todas hacía un buen alijo, las cargaba sobre sí San Molondrón, con humildad y fervor deífico y las trasladaba en grandes bolsas de plástico, por aquello del olor, hasta el gran basurero para su holocausto, que, sistemáticamente agradaba al altísimo. Daba gloria verlo con aquellas alpargatas rotas, tan sencillas, con aquella estampa de no saber ni dónde estaba, con aquella mirada perdida, buscando insistente dónde posar sus legañosos ojos. Con su temple macilento tan característico, producido por la acumulación de tanta mala leche recogida de unos y de otros, se perdía por las últimas calles del pueblo, camino del gran basurero, único lugar en el mundo que podía estar esperando sus despreciables frutos, a últimas horas de la tarde. Parece como si lo estuviera viendo y no soy yo sólo. Ni por un instante pienso que soy el único deseoso de acercarme hasta la esquina para contemplar el paisaje al fondo, perfectamente estructurado hasta la línea del horizonte, con las luces y las sombras que se esperan de todo lo que ha sido creado, y  verle a él, San Molondrón bendito -digo de mi propia cosecha para que nadie sea capaz de dudar de mi buena intención- cargado de mortajas, de sudores, de boletines oficiales -que en su día fueron indicadores del comportamiento humano- de todos los asesinatos en que la humanidad entera se veía envuelta en cada momento, de aquellas fuertes conmociones que de aquí y de allá salían al paso, sin que nadie pudiera preverlas, y que mantenían a todo el mundo con el alma en un hilo, siempre a la espera del San Molondrón de turno, hasta perderse por las últimas cuestas, camino del humillo inconfundible del gran basurero purificador, que día y noche ardía y en el que todos y cada uno de los que habíamos aupado al personaje hasta la estratosfera de la santidad, sabíamos, en el fondo, que habríamos de arder algún día junto a nuestras culpas, injustamente adheridas a las espaldas de San Molondrón, pero  presentes todas, una por una, en nuestras conciencias. Ese era el destino que nos había impuesto la vida desde el punto y hora en que a cada una de nuestras madres se le había cruzado la barriga entre las cejas y había dicho que "ya no más, que hay que salir al mundo que es donde se cuece y se amasa todo y que ¡además, ya estoy hasta el coño de ti, ahora que te mantenga tu padre, si quiere!.

Una vez que el ocaso terminaba de dar su última vuelta de tuerca y sólo las sombras circulaban por las niñas de los ojos, era el momento para volver grupas desde cada esquina, desde cada balcón, desde cada tertulia. Asumir sin rencores a San Molondrón y su obra que, a fin de cuentas, era la obra de todos, y volver cada uno al hogar caliente, siempre frente a nosotros mismos como si se tratara de un espejo  al que no podíamos engañar por más sanmolondrones que nos empeñáramos en fabricar, con el desesperado afán de evadirnos de nuestras propias culpas.


                           ANTONIO FERNÁNDEZ LÓPEZ

RETRATO DE FAMILIA.-

     Me llamo Antonio apenas,
y triste de apellido; quizá vulgar, incluso.
Soy natural de aquí y vivo de milagro.
Me sustenta la tierra, es inútil decirlo, pero aclaro
que me compongo de agua sobre todo.

     Ya murió el bisabuelo cucaracha
y no pude llorarle como se merecía
porque andaba, mientras tanto, gozando eternidades.
Mucho tiempo después, he conocido
los parientes lagartos, las encinas,
algunas amapolas, peladas cumbres altas
y todos me han contado largamente
sus célebres hazañas: nocturnas caminatas,
refugios, comilonas, intrépidas huídas...

     Después nació la higuera, prima hermana,
coincidió con el surco y, desde entonces,
hasta la lluvia mansa me mira de otro modo,
como si se tratara de mi madre.
Debo tener los ojos de semilla
o el tronco retorcido
o la misma nariz com
 o un tomate.
De otro modo no se explica que confunda,
por ejemplo, la lágrima más simple
que brota en un momento de descuido
con parte de su carne torrentera,
fluyente, bardomera, desbordable.

     Actualmente procuro ser discreto
para no cunfundir miedo con aire
ni reja con latido, ni punto con planeta.
- ¡Como el canto es tan grande
la propia fuerza del rumor quisiera
cubrirlo todo con sus propias manos! -.
Con lo cual, ¿hasta dónde llegaría
la ciencia de soñar?. ¡Pues no se sabe!.


¡Para evitar la mezcla inconveniente
mejor será que en este punto calle!.



Jaramago 



Otra vez jaramago

 vigor a toda prueba,
de nuevo abril pletórico.
Otro manto amarillo,
señales que definen,
impulsos esforzados
no sé qué de concordias
y  armonías ancestrales.

Horada jaramago las pupilas
como un dardo amoroso y fulminante,
camina hacia secretos interiores.
ligados al latido,
al pálpito de vida.

Jaramago es la fuerza que va y viene
que sale y que regresa ,
lo mismo que una higuera
que un monte coronado
que un grito de dolor.

Como si, a fin de cuentas,
la vida sólo fuera
un solo panorama .
Imágenes diversas
que confluyen en fuente en unos casos,
o en color desbordante,
o en fragancias,
o en espinas en otros.

Todas salen de la tierra,
jaramagos al fin,
para acoplarse al tiempo
rebozando su cuerpo
con el sol, con el viento, con el agua
hasta que el devenir sin límite
las lleva nuevamente a la semilla,
una vez que han cubierto el ciclo de la vida.

El nacer y el morir, que son la misma cosa.







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